lunes, 28 de enero de 2008
Secretos
Una frase anónima dice que uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras. Los silencios además de tensos muy a menudo, me parecen, casi siempre, muy angustiantes. Las palabras a veces me presionan por dentro como el vapor de una olla express, de modo que cuando decido voluntariamente no exteriorizar algo, al final – casi siempre – sigue saliendo, y con más violencia cuanto más tiempo dejo pasar.

Lo cierto es que nunca he sido una persona reservada, todo lo contrario. Acabo contándole mi vida (que no la de los demás) hasta a las farolas. Además tengo la gran suerte de contar con lo que yo considero muy buenos amigos. No puedo reservarme cosas que me pesan o me “aprietan” por dentro. Me confunden, me amargan, me hacen dudar y a menudo acaban desarrollando un dolor de cabeza horrible. De modo que, a la mínima sobra de lastre, acabo soltándoselo a uno o vario de mis buenos amigos. No quiero decir con ello que no haya absolutamente nada que no haya soltado nunca, porque sí que las hay, aunque la mayoría de ellas son cosas en las que no soy yo la única afectada.

Soy consciente de que lo mío no es un caso particular. A veces me da rabia porque soy demasiado extrovertida. Tengo personas a mi alrededor que “pecan” (o no) de ser precisamente todo lo contrario: les cuesta mucho exteriorizar todas las cosas que les pasa (sobre todo las malas). Me gustaría poderles servir en esos casos de la misma vía que ellos son para mí cuando hay algo que me arde por dentro.

Pero muchos de ellos no lo hacen. Hay veces que te enteras de cosas de tus seres más cercanos y quieridos que te deja estupefacta. Cosas que han sucedido hace años, cosas que se supone que uno cuenta a un amigo (sobre todo a un buen amigo), cosas que dan explicación a otras cosas, a estados de ánimos, a formas de ser. Cosas que, a menudo, lo cambian todo, dan la vuelta a la tortilla o cambian el punto de vista.

Cuando pasa una cosa así, cuando de enteras de uno de esos “secretos” por boca del interesado o, mucho peor, por otra vía, lo primero que siempre me pregunto es “pero por qué no me lo has contado antes?”.

Ayer discutía con mi mejor amigo hasta qué punto uno tiene derecho a exigir sinceridad en las personas más cercanas. Tengo completamente claro que uno es dueño de su vida, sus pensamientos y sus secretos, que no está en la obligación de contarle nada a nadie (salvo a veces a la Policía), y menos a un amigo, porque no es una obligación. Mi amigo decía que si esa persona no te cuenta algo es porque ha de haber una razón para ello que se lo impida, que nada es casuel. Pero no puedo dejar de preguntarme cuál es la razón de que no te confiesen algo, siendo su amigo y una persona que no te va a juzgar y que lo único que puede hacer es apoyarte y ayudarte.

Me pasa con un buen amigo (otro) del que sospecho hace años que es homosexual. Al principio tuve mis dudas, pero la cosa cada vez está más clara (y a mí me parece cada vez más evidente) aunque él nunca ha afrontado el tema en nuestras conversaciones. Nunca se lo he preguntado directamente porque siempre he pensado que él tiene la confianza de sobra como para contármelo. Sin miedos, sin prejuicios, sabe que no le voy a juzgar, que es un tema que me toca de cerca por mi entorno y que le entendería y apoyaría .... pero él sigue sin soltar palabra, y yo he de confesar que me molesta que no quiera compartir conmigo una parte tan importante de su vida como su condición sexual ... es legítimo estar molesta?

Que pasaría si tu mejor amiga un día te contara que lleva saliendo con un chico 3 años y no te ha dicho nada? O si tu pareja desde hace 6 meses te confiesa que tiene un hijo? Tendríamos derecho a enfadarnos con ellos por haber sido dueño de sus silencios?
 
posted by Rita Peich at 1/28/2008 12:08:00 a. m. | Permalink | 5 comments